Martes, 24 de Octubre de 2017      

Guillermo Flores. Una vida de película

Por:
Juan Carlos Bataller

Nuestra relación no es de hoy. Lo conocí a Guillermo Flores, el “Cacho”, cuando ambos éramos estudiantes de la escuela Industrial Domingo Faustino Sarmiento.
Era raro el Cacho. Pero simpático. Y buen amigo.
La vida te lleva por distintos caminos. Y aquellos dos chicos se encontraban cada tanto en alguna calle, se saludaban con afecto o intercambiaban algunas palabras. Por ejemplo, Cacho decía:

—Vos tenés que ser acuariano…
—Te equivocaste, soy capricorniano.

—¿De qué día?
—Del 20 de enero….

—Ah, entonces son más acuariano que capricorniano…
El seguía caminando con una risotada. Y yo continuaba con mi camino a la redacción.
La semana pasado lo encontré y le propuse una nota. Aceptó. Y acá está parte de la charla.

—Vos sos hijo de qué Flores…—Del escribano Flores Iribarren, que ya murió.

—¿Dónde cursaste la escuela primaria…?
—Uhh… ¡qué difícil va a ser explicarte!
Bueno, lo intentemos. La primaria la empecé en la Escuela Sarmiento, frente a la plaza Laprida. Allí fui a primero, primero superior y segundo… Ahí me echaron.

—¿Te echaron? Tenías ocho años…
—Sí por mal comportamiento. Molestaba demasiado a las maestras, me peleaba con los compañeros, esperaba los recreos y me agarraba a piñas con los demás.

Guillermo Flores, médico
—¿Y qué hiciste?
—Me fui a tercer grado a Don Bosco. ¡Me hice monaguillo!

—¿Monaguillo?
—Sí, daba misa con el padre Recio. Me acuerdo que estaba con el incienso y lo levantaba demasiado y me decía el padre: no lo levantés mucho que vas a asfixiar a la gente. Y después ponía la bandejita para que saquen la lengua los feligreses para salvarse con la hostia.

—No sos muy ortodoxo cuando hablás de cuestiones eclesiásticas…
—Yo tenía mucha memoria visual. Tal es así cuando regresaban, le decía al padre Recio: “este está por segunda vez aquí, parece que está muy preocupado por salvarse…”

—¿Completaste la primaria en Don Bosco?
—No. También me echaron…

—¿Por qué?
—Un día me robé más de sesenta hostias, listas, ya preparadas para la misa.

—¿Y para qué robaste hostias?
—Me las robé y me las comí, tenía hambre. El cura se enojó ya que no podía dar misa porque habían desaparecido las hostias. Empezó a investigar quién se las había llevado hasta que le dije: “No investigue más padre, me las comí yo”. Y me echaron. Pasé a cuarto grado a la Sarmiento de nuevo.

—¿Te aceptaron?
—Sí, me aceptaron. Susana Bravo era la maestra. Sólo hice cuarto, volví a tener problemas y luego pasé a la Rivadavia, donde terminé quinto y sexto grado. O sea que hice la primaria en tres escuelas y en una de ellas dos veces.

—¿Qué pasó en la secundaria?
—Me preparé con Adriana Soliveres de Guimaraes para el Liceo Espejo. fui a revisación médica en el Liceo pero no me gustó mucho la onda. Me dije: acá no voy a andar porque esto es muy estricto. Y como me había preparado me metí en la Industrial, que tomaba examen. Saqué como 80 puntos sobre 100.

—Muy bien…
—Ahí hice primero y segundo y me eximí en todas. En tercero me quedaron cuatro. En cuarto me echaron por amonestaciones…

—¡Otra vez sopa!
—Sí pero rendí libre cuarto y entré a quinto con dos previas, inglés y dibujo técnico. Ahí fue el desastre…

—¿Cómo fue eso?— Yo seguía Vial. En quinto había un profesor que se llamaba Collado Cattani, que dictaba Cálculo de madera y hierro. José Omar Toro era el director de la escuela. Recuerdo que tenía de compañeros a Marcet, a Julio Qattropani. Con Collado estábamos todos eximidos pero nadie sabía nada porque a él no le interesaba mucho enseñar. Tampoco él sabía la materia.

—¿Y qué pasó?
—Parece que Toro se había dado cuenta que Collado eximía a todos y no enseñaba. El caso es que llega mitad de año y el profesor nos habla y nos pide que uno de nosotros rindiera. “Eso me haría quedar bien con el director”, nos dice. Me ofrecí a ayudarlo pero le aclaré que no sabía la materia. Y Collado me aseguró: ”no te hagas problema vos te estudiás el tema que te voy a dar y aprobás”.

Guillermo Flores, médico
—¡Qué fácil…!
—Y bueno hicimos un pacto y me da el método de Cremona para que estudie. Lo estudie bien pero sabía eso y nada más. Llegó el día del examen y le digo a Collado: “acuérdese ingeniero que hay bolillas en el examen y hay otro profesor en la mesa”. Se trataba de Victor Rodrigo Navas, un profesor muy serio que después fue director de la escuela. Y Collado me dice: “el jefe de la mesa soy yo, yo te tomo ese tema y chau”.

—¿Y cumplió?
—Entro a rendir y Rodrigo me dice “saque bolilla”. Yo lo miraba a Collado pero él no decía nada. Saco bolilla y me dicen: “hable”. Y yo contesto: “De que voy hablar si lo único que se es el método de Cremona?”. Y Rodrigo –que nada sabía del acuerdo, me dice: “si no ha estudiado nada, vaya”. Salgo y me encuentro con lo compañeros: “¿Cómo te fue?” “Mal”, les contesto. “Viste que fuiste un pelotudo. Si estabas eximido… ¿para qué te presentaste?”

—¿Y qué hiciste?
—Les dije a mis compañeros: “Ah… esto no queda así… Cuando salga Collado le pego. Y así fue. Salió y le pegué un flor de piñón. Despues agarré un palo y le rompí una estanciera que tenía…

—¿Y qué hicieron?
—Gran escándalo. Hasta en los diarios salió. Bates me dedicó una musaraña en el Diario de Cuyo. Y me echaron de la escuela. Me suspendieron por dos años y como no me dieron los papeles no podía ingresar a ninguna escuela…

—A todo esto ¿qué te decían en tu casa…?
—Nada, en mi casa nunca me dijeron nada, me bancaron siempre… Un día, a los dos años, cuando me entregaron los papeles, un amigo me dice, “andá a la Escuela Boero”. Me aceptaron bien a pesar de los malos antecedentes de la otra escuela, Antes de recibirme, en agradecimiento por lo que me aguantaron, recolecté un kilo de alimentos no perecederos de cada alumno. En total recolecté mil kilos de alimentos que los repartí en las villas miserias. Ahí terminó la historia de la secundaria.

—Ya eras técnico…
—Todavía faltaba el título.

—¿Cómo?
—Me recibí de técnico, pero tuve un problema, casi me quitan el título…

—¿Por qué?
—Porque cuando se entregaron los diplomas, no canté el Himno. Una profesora me delató, me suspendieron los cuatrimestrales, tuve que rendir 8 materias libres… Las aprobé y recién me dieron el título.

—¿Ya con la secundaria completa, entraste en Medicina…?
—Esperá, que la historia es larga. Después de eso, yo quería ser médico, pero tenía un problema: para ingresar a Medicina tenía que ser bachiller, técnico no aceptaban.

—Recuerdo que en aquellos años el título de técnico sólo te servía para seguir ingeniería… —No tuve alternativas. Pero en lugar de cursar en San Juan me fui a Rosario, a primer año de ingeniería electricista.

—¿Y qué pasó?
—Estando en Rosario me encuentro con otro sanjuanino, ex compañero en la Industrial, de apellido Piola que me dice “Cacho si yo estoy estudiando medicina acá en Rosario”…

—O sea que en Rosario podías ingresar…
—Sí. Ahí nomás me inscribo y curso un primer año en Rosario, pero no rendí nada. Me adapté un poco y pedí el pase a Córdoba, aprovechando que ya tenía estado universitario. Me reciben y rindo Histología libre, Anatomía a fin de año y paso a segundo.

—¿Qué año era?
—Ya estábamos en el 73 y yo tenía 26 años y un día me digo: “¿qué hago acá?” y me fui a Mendoza.

—Me parece que lo que querías era vivir cambiando…
—Esperá porque no es tan así. En ese tiempo en Mendoza era peor que ahora. Si vos a la facultad llegabas caminando, no tenías plata, cagabas… Nadie te daba bola. Había que andar en coche o al menos en moto. Dije, esto no es para mi, denme los papeles y el pase a La Plata. Y me fui…

—Otra vez a empezar…
—Llego allá y me dicen que me reciben pero que consiguiera un certificado de trabajo. Como no lo conseguí me fui a Buenos Aires. Como la carrera era semestral, llegué en julio y rendí Fisiología y Psicología médica.

—¿Cómo te mantenías? ¿Dónde vivías?
—Estaba prestado en un departamento. Pero me echaron del departamento porque lo iban a alquilar. Tuve que pedir el pase a Córdoba de nuevo donde conseguí un trabajo como vendedor de helados. Rendí Química libre y después rindo Microbiología pero Córdoba vivía un momento difícil. El ambiente era muy pesado en aquellos años. Me mandé a cambiar y me dediqué a la aventura…

—¿Y cuándo te recibiste?
—Volví en el 87. Averigüé y me dijeron, “sí, acá tenemos su libreta”. Me dan matrícula, me rindo Farmacia libre, de movida. Con 39 años, ya viejo para estudiar, en tres años del 87 al 90 me rendí 26 materias y se terminó la historia. Me recibí de médico.

—¿Y qué hiciste?
—Me vine a San Juan, a mostrar el título a mis amigos. No lo podían creer, si yo tres años atrás lavaba autos en la plaza 25 de Mayo…

—¿Conseguiste trabajo?
—Yo había estado en Africa en el 80 y me prometí que si me recibía de médico volvería para ayudar a la gente. Mis amigos me hicieron una “vaca” y me fui al Africa.

—¿Cómo hiciste tu primer viaje?
—A dedo. ¿De qué otra forma podía hacerlo? Me fui con cien pesos. Llegué a México.

Guillermo "Cacho" Flores, médico.
—¿Tuviste problema en alguna parte?
—En Nicaragua, estaba Somoza, en el 69 y me echaron. No tuve problemas, pero me dieron 48 horas para salir del país. Me fui al puerto y me subí en una lancha torpedera, que me dejó en El Salvador y seguí viaje.

—Cuánto tiempo estuviste viajando…
—Dos meses, de vuelta me vine en avión.
Después mi viejo me regaló una motito, una 48, que la compré en Yacamar que estaba en Laprida y Jujuy. Valía 3000 pesos, la compramos en cuotas. Y después se funde Yacamar, así que la moto no se pagó nunca. Le hice los papeles y me fui justo para la época del cordobazo, pasé un mes allí y después, me fui hasta Paraguay. 4.500 kilómetros, salí en el invierno desde acá, llegué a Paraguay y me volví, esto está documentado por el diario Los Principios de Córdoba, que me hizo un reportaje.

—¿Y después?
—Cuando me fui de Córdoba, hago el segundo viaje en la 48 rumbo a la Guayana Francesa. Yo tenía una Ford A 31 que la estaba arreglando para irme a la Guayana. Me había inspirado en la novela de Papillón y quería investigar el presidio, si fue verdad o no. Pero cuando iba a partir se vino una suba de la nafta y entonces dije me voy en la motito 48. Vendí la Ford que tenía un motor V8, agarré la 48 que ya la había llevado a Paraguay, es decir tenía antecedentes de resistencia.

—¿Qué marca era la moto?
—Una Mival 48, tres marchas al volante, 48 cc., con un tanque de combustible de un litro y 3/4. Con ese tanque da 60 kilómetros. Yo llevaba atrás un bidón de 5 litros con mezcla y dije me voy para Guayana. Empecé a subir hasta que llegué a La Paz.

—Parece increíble…
—Todos estaban admirados. Me decían cómo ha llegado con esta moto hasta acá. Pero llegué a Perú y ahí comenzó otra historia.

—¿Otra historia?
—Yo llevaba dos armas, un 38 de acá y un 38 que me habían vendido en la frontera con Perú. Resulta que ese 38 era de la policía secreta del Perú y le faltaba una bala, con la que habían matado a un policía. El que me la vendió me dijo: “bórrele el número”. Pero yo andaba apurado por andar y seguí. Llegué a Lima, me hicieron un reportaje, iba bien yo, todo terreno plano pero cuando iba llegando a Ecuador se cruza un Ford Falcon de la secreta y me cortan el paso. Me piden documentación, todo está bien. De pronto me dicen “vamos a la comisaría”. Me hacen sacar todo, les digo tengo armas, y ahí me metieron preso. Salí en los diarios peruanos: “Cae argentino, va con armas, sería guerrillero”. Un quilombo que ni te cuento, hasta se metió la embajada…

—¿Y?
—Estuve 3 meses preso, me trajeron a Lima y la moto quedó casi en la frontera. Estuve detenido con 30 guerrilleros. Recuerdo que traían la comida en tachos de 200 litros, esos de aceite. Venían los pollos hervidos y de color negro, podridos. Logré safar, me dejaron en libertad y me dijeron “puede seguir el viaje”.

—Imagino que te habrás ido rapidito…
—No, les dije no me vuelvo a la Argentina sin la moto que quedó en la frontera. “Se la mandamos después”. No, métame preso de nuevo pero tráigame la moto. O me quedo acá o la moto se va conmigo”. Estuve cinco días más preso, me la trajeron, no le faltaba nada, la embarqué hasta Ezeiza de ahí a Aeroparque y desde allí a Las Chacritas, donde me esperaba mi viejo.

—O sea que a las Guayanas no llegaste. Todo terminó en Perú...
—En ese primer intento a la Guayana no llegué. Pero pasaron tres años y me digo “voy por el desquite” y en Córdoba me regalaron una Puma 98. Aguiar Arancibia, el cardiólogo, me dice llevatela. La armé, la empecé a probar, me iba al cerro Blanco, con un tipo pesado atrás para ver si aguantaba y cuando consideré que estaba, me presenté en el Diario Tribuna de la Tarde y dije “voy por el desquite a las Guayanas por otro camino”.

—¿Qué año era?
—Con la 48 fue en el 78 y en la Puma en el 82. Partí con cien pesos y agarré por Chepes, Serrizuela, Córdoba.

—Pero con cien pesos poco podrías hacer…
—Iba pidiendo plata. Empecé con un reportaje en la frontera, en Uruguayana y en Porto Alegre otros reportajes. Y la gente me ayudaba. Y cuando llego a Curitiba me filma la TV Globo, que es como decir Crónica TV acá, se ve en todos lados. Eso me facilitó pues cuando llegaba a cada pueblo ya me conocían y esto es muy importante.

—¿Cómo seguiste?
—En barco por el Amazonas hasta Macapá y de ahì tenìa dos caminos, la selva, el Amazonas con 700 kilómetros de selva virgen o un avión que costaba 70 dólares. No me quedó otra que enfrentar la selva.

—¡Linda aventura!
—¡Papito! Te daban un rifle con 50 cartuchos por si hacía falta, el que debías entregar al llegar. Arranco de Macapá. Al primer pueblo, Ferreira Gómez, ciento y pico de kilómetros, llegué al atardecer y dormí ahí. Al otro día en la mañana tenía que pasar un río. Una barcaza me pasa y me deja. Me quedaban 600 kilómetros por una rutita que en la primera llovizna se te hace barro.

—Y te largaste…
—Ando y ando y a las cinco de la tarde empieza una llovizna, no pude seguir, me tuve que quedar. Cansado me meto entre unos arbustos, hago un nido, pongo la moto y cuando veo a los costados me veo rodeado por gatos Onzas.

—¿Qué son los gatos onzas?
—Son como el Chita. La piel es muy cara. Son de la familia de los felinos, como la Pantera, peligrosísimos.

—¿Qué hiciste?
—¿Qué iba a hacer? Me quedé quietito y me dormí entre los gatos onza. Al otro día me levanto y estaba todo despejado. Es entonces cuando siento un ruido… Un camión, de esos Ford viejos porque eran los únicos que podían entrar ahí, con 25 tipos armados hasta los dientes.

—¿Por qué estaban armados?
—Para protegerse de los animales. Me dicen “¿Pero usted está loco? ¿Cómo se ha metido solo en la selva y ha podido sobrevivir?”. No se, debe ser de suerte. Cargaron la moto y me llevaron hasta la frontera. Llego a Oiapoque, todavía en Brasil, donde tenía que tomar otra lancha hasta Saint Georges, un pueblo chico que tiene aeropuerto y un barco que va a Cayena cada 12 días. Estaba con un francés de 22 años y un holandés de la misma edad. Nos hicimos amigos, todos iban para Guayana. En eso cae un viejo de más de 60 años, se sentó con nosotros y dice ¿Les gusta la aventura? Y nos ofrece llevarnos en un barco que él tenía en la desembocadura del Atlántico.

—¿Qué pasaba con el barco?
—Se le había roto una pieza, la había conseguido y nos ofreció llevarnos. “Sólo tienen que llevar la comida para cinco días”, nos dijo. Compramos 50 dólares en mercadería que pagaron el holandés y el francés y nos embarcamos en una lancha, los tres y la moto. Desde ahí hasta la desembocadura del Atlántico, salimos a las 12 del día, llegamos a las 9 de la noche. Arribamos a la desembocadura, que estaba invadida por tiburones y el viejo hace arrancar el barco y al rato pum, saltó la pieza. El hombre llevaba un contrabando de cacao, de Brasil a la Guayana. Pero eso no era problema porque en Guayana necesitan el cacao. Y el tipo nos dice “no se preocupen, nos vamos a vela”.

—Navegando a vela entre los tiburones…
—No sólo eso. Cuando empieza a desplegar las velas vos vieras lo que eran, emparchadas, zurcidas. Pero allí íbamos, por el Atlántico, con buen viento. Pero de pronto se paró el viento, empezaron a pasar los días, el agua se empezó a terminar. No teníamos agua ni para hacer un café. Hasta que una noche vimos las luces, Cayena, ¡qué emoción!

—¿Qué hiciste en Cayena?
—Empecé a andar, me fui a Saint Lorént a ver el presidio de Cayena, aquel famoso del libro de Papillón, que existe. Como existe también el hospital que comunica por un pasadizo con el presidio, que cerró en el año 47 para quedar luego como un museo. El famoso presidio lo creó Napoleón Bonaparte para los presos políticos y criminales de Francia.

—La población de Guayana es negra…
—Sí, son negros pero la parte comercial está manejada por los chinos, todo, restaurant, tiendas, todo chino,

—¿Y vos qué hacías?
—De todo. Hasta me enrolé en la Legión Extranjera…

—¿La Legión extranjera francesa…?
—Sí, estuve en la Legión Extranjera francesa. Me metí con un chileno, hicimos toda la parte física, la prueba, armamento y cuando consideraron que éramos aptos y nos quisieron hacer firmar el contrato que era por cinco años me fui, aduje que tenía problemas…

—¿Y después?
—Tenía que pegar la vuelta. Pero el problema era traer la moto.

—¿Por qué no la vendiste?
—Porque yo soy así. Si salgo con la moto, vuelvo con ella. Y bueno, tenía que juntar plata. En Cayena había un prostíbulo con 500 prostitutas. Las traian en avión desde la República Dominicana. Me puse un consultorio para aprovechar mis estudios de astrología y quiromancia. Cobraba 1 dólar por consulta a cada prostituta. Iba juntando y entonces yo me preguntaba, ¿dónde guardo la plata? Era un peligro, el prostíbulo era de madera, había droga entonces me fui a una joyería, la única que había en Cayena, toda blindada y les dije ¿puede guardarme todo el dinero que me haga por día en la caja? Hacía paquetitos y me los guardaban como se los dejaba. Además, descubrí otros negocios.

—¿Cuáles?
—El agua estaba a 300 metros del prostíbulo. Había surtidores públicos. Y las mujeres necesitaban el agua para lavar los platos, para higienizarse, qué se yo. Yo me había conseguido unas prostitutas que me dejaban dos baldes en la puerta, esos de 20 litros y les hacía el servicio con lo que juntaba otros 4 dólares más por día. Cuando ya no me quedaban clientes, me fui a la joyería y le dije contemos lo que hay. Durante ese tiempo sólo comía paté con pan y Coca Cola. Tenía que hacer así para que valiera el dinero sino no salía más.

—¿Y cuánto habías juntado?
—En total 600 dólares. Me fui a una agencia de viajes y pregunté hasta donde llegaba con ese dinero. Me dijeron hasta Porto Alegre, nos vinimos en avión con la moto. Luego un colectivo hasta Paso de los Libres. De ahí en la empresa Singer hasta Córdoba y de ahí a San Juan, llegué con 20 pesos.

—Y cuando volvías a San Juan ¿qué hacías?
—Cuando volví de la Guayana empecé a lavar coches en la plaza, nadie lavaba, después se empezaron a enganchar, lustraba también.

—Pero seguiste viajando…
—Me fui a Europa en el año 71. Estaba Franco en España, me fui a Francia, recalé en Alemania y ahí trabajé en Frankfurt en un restorant, que era de una argentina casada con un italiano. Se llamaba “Restaurante Mario”.

—¿Y qué hacías?
—Lavaba ollas. Querían que me quedara…Pero me fui para Hamburgo, Bremer y de ahí tomé un barco y me vine hasta Buenos Aires, un barco carguero.

—De vuelta en el país…
—Ah, perdoná que sea tan desordenado pero hay otros viajes por ahí. Te cuento que después del viaje a Perú en la 48 hay un intermedio. En el 79 me voy a Nicaragua a la guerra civil, estuve con los sandinistas. En esa guerra hubo 100.000 muertos.

—¿Y vos con quién estabas?—Estaba con los guerrilleros, iba a San Rafael del Sur, a controlar situaciones.

—¡No me digas!
—Sí, hasta tenía dos guardaespaldas de 15 años, guerrilleros. Al final me vengo de Nicaragua a la Argentina. Tuve suerte, me salvé. Pero llegué a Mendoza y estuve preso, me estaban esperando, me torturaron, me salvé de pedo.

—¿Eso te habrá dejado tranquilo por un tiempo…?
—Me vine a San Juan y me fui a Europa de nuevo en el 80. Cuando estoy en España me meten preso por sospechoso.

—¿Sospechoso de qué?
—Nunca lo voy a saber, estuve 3 meses preso en Córdova, me mandan a Jaén a otra cárcel, después paso a la cárcel de Carabanchel en Madrid, la cárcel más grande de Europa con 6000 presos, todo computarizado, imposible escapar. Estuve en la habitación 34. Ahí cumplí 34 años, hasta que me liberaron. Me expulsaron a Portugal. Allí estuve en el Estoril. En la playa, ayudaba a la gente a colocar las sombrillas, me daban para comer, la gente me ayudó. Después de la playa dormía en un subsuelo de un edificio…Allí me termino de recuperar de las cosas que habían pasado en España y me voy para Ayamonte, en Portugal y me meto de contrabando en España, de donde me habían echado por dos años. Paso el control sin que me sellen el pasaporte y me voy para Algecira, tomo el barco y me voy al Africa.

—¿Te interesaba Africa?
—Yo aprendí mucho cuando estuve en las cárceles en España. Allí hay muchos musulmanes que me enseñaron muchas cosas cuando les dije que me iba a Africa. Lo primero aprender a saludar, a pedir. Y bueno así anduve. Ingreso por primera vez en el 80, mucha pobreza, estudio el terreno y digo si alguna vez soy médico les voy a dar una mano. Entré a un territorio desconocido. Es otra mentalidad.

—Pero hablemos en serio. ¿Vos eras de izquierda? ¿Eras revolucionario? ¿Qué eras?
—No era nada…

—Eras mercenario entonces....
—Tampoco, era una idea mía, una movida mía.

—No es común que en España te tengan preso en cuatro cárceles…
—Por sospechas. Lo que pasa es que siempre anduve solo, no funcionaba en grupo. Si hubiera estado en grupo no la contaba. Yo anduve por todos lados, pero solo.

—A todo esto recorriste el mundo hablando solamente español…
—Hablaba algo de inglés y lo demás me manejaba por señas. Pero a veces, cuando se viaja como yo, es muy importante no saber hablar bien porque no tenés problema con nadie. Si no hablás idiomas no intimás, no hablás de política, no te peleas con nadie…

—Y ahora qué, terminó todo o…
—Y… estoy acá, ejerzo la profesión, pienso que es demasiado seguir viajando. Llega un momento en que te cansás, te comenzás a aburrir. Si yo quisiera hacer eso ahora con la experiencia que tengo no lo podría hacer. En ese momento estaba virgen el terreno, estaba todo limpio, ahora todo se pudrió. Hay más miedo, más delincuencia. Yo lo hice en el momento justo. Ahí se dio y gracias que quedé con vida para poder contarlo, porque por donde yo he andado tendría que haber muerto 14 o 15 veces fácil.

—Y nadie en esos lugares iba a preguntar por vos…
—Nadie, nadie.

—A lo sumo alguien vería tus documentos y diría… ¿quién será este Guillermo Flores nacido en San Juan, Argentina, el 23 de mayo del 47…?
—Y otro dirá… “mirá, era geminiano, como yo…”


EL CONSULTORIO DEL DOCTOR FLORES

—Así que te fuiste a Africa, a trabajar como médico…—Sí pero me equivoqué. Yo tenía la idea que al llegar a Africa y ser médico se me abrirían las puertas. No fue así. Estuve en Guinea, empecé por Marruecos a ofrecerme, me ofrecí en Senegal pero no podían ayudarme. Terminé en Guinea en un hospital, pero no era lo que yo quería…

—¿Qué querías vos?
—Yo quería otra cosa, estar en una aldea, con remedios, atendiendo todos los problemas de la gente. No había ido para terminar en un hospital y como nadie me apadrinó para hacer lo que quería me tuve que volver. Me vine a Senegal, de ahí en avión a Cabo Verde y llegué a la Argentina.

—Un fracaso…—Sí, eso fue un fracaso porque no era lo que yo pensaba, pero me di el gusto, una vez como aventurero y otra como médico.

—¿Y qué hiciste en la Argentina?
—Cuando llegué me fui a Santiago del Estero donde estuve dos años trabajando en el campo como médico del Estado en lugares inhóspitos. Otros dos años en Chaco, después en Catamarca, en Antofagasta, en las sierras a 5000 metros de altura. Después me fui a un lugar cerca del paso San Antonio, en Paso de Indio, Chubut donde llegaban a hacer 20 grados bajo cero.

—¿Cuándo volviste a San Juan…?
—Todavía faltaba algo. En el 98, vino un huracán, el Mitch en Centroamérica. Fue una catástrofe. Y me fui para allá, para ayudar. Después estuve en Costa Rica trabajando como médico en un lugar de recuperación de adictos donde hice un cambalache: yo ayudaba a los adictos a recuperarse y tenía cama y comida pero me cansé. Querían que me quedara en Costa Rica como médico, querían que me casara, que me hiciera miembro del Colegio Médico… me fui. Eso tampoco era para mi.

—¿Adonde te fuiste?
—A Nicaragua. Estuve trabajando en Chontale, en una estancia, con un tipo que tenía indígenas a su cargo. Lo estuve ayudando y después me fui para Miami, donde trabajé de ayudante de mozo.

—Así que el doctor hacía de ayudante de mozo…
—¿Y qué querés si yo nunca tuve padrinos ni acepté el acomodo. Terminó mi vida de aventurero, me vine acá y me dije: “¿Y ahora qué mierda hago?”. Me instalé un consultorio. Un grupo de amigos puso un aviso en el Diario de Cuyo diciendo que atendía a 1 peso la consulta.

—¿Y la gente iba?
—Claro, se llenó el consultorio. Hasta venían de Jáchal en un ómnibus charter. Eso hizo que fuera noticia. Hasta Guegué Feminis me hizo una nota en Sarmiento… Después salí en el diario. Era el médico del peso…

—¿Y qué decían tus colegas?
—Imaginate. Que era un loco, que no sabía nada. No podían entender que a mi lo que menos me importa es la plata—. Que siempre viví sin un mango.

—¿Cuánto cobrás ahora?
—Cobro 10 pesos.

—¿Cuál es tu especialidad…?
—Clínico, agarro todo, viejos, niños…, recibo los 10 pesos, el que tiene orden de consulta se la guarda para otro médico, lo que recibo es la orden de farmacia, dicto la medicación ahí, esa es la historia actual.

—¿Vivís de la profesión?
—Claro pero eso no es una referencia porque yo necesito poco para vivir. Soy soltero, no tengo hijos, no pago alquiler, atiendo en mi casa…

—¿Tenés auto?
—Sí, tengo un Uno modelo 2.008. Pero te cuento la historia para que veas cual es mi mentalidad. Yo tenía un 147 viejo. Lo quería cambiar y me daban 12 mil pesos. El Uno costaba 32 mil. En febrero salió un aviso en el diario solicitando médico para una ambulancia en Mendoza.

—¿Y?
—Me dije, me voy para ahorrar unos pesos y cambiar el auto. Me pagaban mil pesos por semana por tres guardias de 24 horas. Me traía mil pesos por semana y seguía viviendo del consultorio acá. A las 20 semanas, vendí el auto viejo y compré el nuevo. Había pasado de un modelo 90 a uno 2.008. No quería más. Al otro día renuncié al empleo de la ambulancia y sigo con los 10 pesos de la consulta…

LOS OFICIOS DE CACHO

Guillermo Flores es médico y técnico industrial. Pero además, pasó por varios oficios. Veamos.
* Fue monaguillo en el Colegio Don Bosco.
* Vendió helados en las calles en Córdoba.
* Vendedor de caramelos de Bonafide
* Encerador de pisos de parquet, en Buenos Aires.
* Ayudante de albañil, en Córdoba.
* Lavaplatos en Frankfurt, Alemania.
* Ayudante de mozo, en Miami Beach.
* Vendedor de dulces, en el distrito Federal de México.
* Descargador de camiones, en Madrid, España.
* Astrólogo y quiromático, en la Guayana francesa.
* Aguatero de un prostíbulo, en Guayana.
* Lavacoches y lustrador de autos, en San Juan.
* Sereno, en la CAVIC.
* Personal de limpieza, en José Gonzalez (hoy VEA)

UN HOMBRE SIEMPRE SOLO

-Decime, Cacho… ¿por qué nunca te casaste?
-Oscar Wilde decía que las mujeres interesantes son las que tienen un pasado y los hombres interesantes son los que tienen un futuro. Yo nunca tuve futuro. Nunca hice planes. Viví al día. Y eso no le puede interesar a una mujer. Tal vez podría haberme casado con una africana que aguanta todo pero… ¿para qué? Las mujeres necesitan un respaldo y yo no tengo qué ofertar, no me gusta engrupir a nadie. ¿Cuánto le voy a durar? ¿Tres días?

-¿Pero habrás tenido parejas?
-Pero sin compromisos. Sin mentiras. Sexo y punto.

-¿Sos conciente que la gente te puede considerar raro o loco?
-Sí, sí, claro que lo se. ¿Cómo no te vas a dar cuenta? Y como médico a veces cuesta revertir eso. Por ejemplo, cuando estudiaba en la facultad era complicado porque había que revertir ante los profesores el concepto sobre una personalidad. Imaginate: ingreso a la Universidad de Medicina con 39 años. Y te aseguro que el problema mío nunca fueron los libros, fue la personalidad. Manejo otros códigos. Para el común de la gente se considera que un tipo de 40 que es espontáneo no ha madurado. ¿Tengo que perder la espontaneidad para ser maduro? Los filósofos dicen que “el hombre envejece pero no madura”. Y yo escucho a la gente que cuando te ven espontáneo a los 40 dicen “pobre, no maduró, siempre va a ser un inmaduro”. Y otros agregan más: “es medio loco, es raro, es muy sonso, no sé como puede ejercer…”.

-¿Cambiarías tu vida?
-No. Siempre hice lo que quise hacer. Viajé, conocí mundo, Conocí gente. Viví todo tipo de situaciones. Nunca jodí a nadie. Nunca mentí a nadie. Si no tenía que comer no comía o pedía. Si tenía que dormir sobre un cartón lo hacía. Quise ser médico y lo fui. ¿Cuántos darían lo que tienen por permitirse un poco de locura, de inmadurez o como quieran llamarlo…

-¿Fue fácil?
-No, nada es fácil. Todo se paga. A esta altura miro para atrás y me digo: ¡qué suerte tuve!. ¿Cuántas veces pude morir? ¿Cuántas veces podría haberme enfermado o ser asesinado y nadie sabía donde estaba? Pero esta ha sido mi vida. Y aquí estoy, charlando con vos. Como lo hacíamos hace más de 40 años en la Escuela Industrial…


Nota publicada en El Nuevo Diario el 17 de octubre de 2008.

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