Sábado, 25 de Enero de 2020      

Héctor Muñoz Daract: Un puntano que es símbolo de la arquitectura sanjuanina

El arquitecto, casado con Adriana Correa con quien tiene dos hijos: Juan Facundo y María Julia, fue entrevistado por Juan Carlos Bataller en el ciclo “Qué hiciste con tu vida” en agosto de 2018.

Por:
Juan Carlos Bataller

Video de la entrevista a Héctor Toto Muñoz Daract, realizada por Juan Carlos Bataller en el ciclo Qué hiciste con tu vida, en agosto de 2018

Héctot Toto Muñoz Daract, con Adriana Correa y amigas japonesas en el Sahara
—El arquitecto Muñoz Daract es de esas personas que perdieron en algún momento su nombre y pasó a ser “Toto”. ¿De dónde salió ese “Toto”?
—Según cuentan mis padres, mi hermano mayor lejos de tratarme cariñosamente me decía tonto y como era muy chiquito me decía “Toto” (Se ríe). No, esa era una tomada de pelo que decía mi padre. Generalmente a los Héctor les suelen llamar Toto. Realmente me identifiqué tanto con mi apodo en la niñez, en mi juventud, en mi adultez y ahora en la tercera edad, que desplaza tres nombres que tengo.

—¿Tres nombres?
—El Toto tan sintético desplaza al Héctor, al Domingo y al Antonio, que son mis nombres. Nombres largos, muy referenciados seguramente a santos y a parte de mi familia. Mi padre se llamaba Juan Domingo, o sea, de ahí viene el Domingo. Y Antonio porque mi madre era devota de San Antonio, a tal punto que mi hermano también se llama Antonio.

—¿Ah, sí? ¿Son dos Antonio?
—Fuimos dos Antonio en mi familia, mi hermano ya falleció. Él era Juan Antonio, como respuesta de mi madre a una promesa que hizo porque no podía quedar embarazada. Entonces cuando nace su primer hijo, mi hermano, indudablemente que le pone el nombre de Antonio. Después yo nací el 13 de junio, día de San Antonio, ¿cómo no me iba a poner Antonio? Ella lo tomaba como una bendición.

—Ahora, vos fijate, hay muchos Héctor, Domingo, Antonio y Toto debe haber muchos. Pero cuando uno dice “el Toto”, sabe que es “el Toto Muñoz Daract”, y eso es algo muy importante en la vida de una persona.
—Sí, es buena la referencia de los nombres. Generalmente para mis amigos soy el Toto Muñoz, más sintético todavía.

—Y lo curioso es que no naciste en San Juan pero todos te consideran sanjuanino.
—Y yo también me considero sanjuanino, que es lo más mágico. Cuando uno llega a un lugar es una cuestión de las relaciones de ese lugar con las percepciones que tiene quien llega. En mi caso, desde que aterricé en San Juan para venir a estudiar arquitectura, empecé a tener una adaptación tan profunda que me siento sanjuanino indudablemente. Mi historia puntana fue una historia muy rica, muy linda, muy referencial de mi niñez, pero el núcleo de mi desarrollo como ser humano fue en San Juan.

—Ya vamos a llegar a esa etapa. Vamos a empezar por el comienzo. Primero, Muñoz Daract, ese Daract es un apellido tradicional en San Luis.
—Sí, es tradicional y tiene origen vasco francés, de una época tan lejana como la Revolución francesa. Es decir, el apellido en realidad no era Daract, fue un error de quien los anotó cuando llegaron a Buenos Aires. El apellido era Darrac, que todavía existe en Bellon, en el sur de Francia, una de las provincias vascas. Tuve la oportunidad de ir a ese lugar y rastreando un poco la historia del apellido, los primeros Darrac aparecen como proveedores de caballos en la Revolución francesa. O sea que de ahí vienen, más o menos, las últimas raíces de ese algarrobo.

—Pero para San Luis, Daract es un apellido importante…
—Estuvo muy ligado a historias de San Luis y del país. José Daract fue el que llegó a la Argentina y tuvo nueve hijos, uno de ellos fue Justo Daract (N. de la R. gobernador provisional de San Luis). Una de sus hermanas era Inocencia Daract, quien fue la novia de Juan Pascual Pringles, el héroe de San Luis. Después, José Pastor Daract fue diputado nacional, senador y realizó una tesis sobre cómo defender y formar la Argentina a partir de cambiar la direccionalidad de la lucha contra el ranquel y llevó la propuesta al Senado. Es decir, siempre al ranquel se lo combatió de norte a sur, formando una línea de fortines. Su propuesta era hacer un desplazamiento de avance del territorio argentino de este a oeste, llegando hasta el Río Colorado, en el sur. De esa manera iban a ir obteniendo en los accidentes geográficos, las propias defensas del avance del país. Toda una historia de formación estratégica que en algún momento fue muy importante.

—¿Y cómo se llevaban los Saá con los Daract?
—Eran bandos distintos, porque unos obedecían a una filosofía de los líderes, o de los caciques locales, y los otros eran un poco más unitarios. Sí tenía muy buena relación, supongamos, Justo Daract con Domingo Faustino Sarmiento. Tenían correspondencia, incluso en el Museo Gnecco hay alguna de esas cartas que se escribieron.

—Volvamos. Entonces, de pronto una señora Daract se casa con un señor Muñoz.
—Sí, en realidad, para ser absolutamente claro al respecto, el apellido Daract es de mi madre. Que yo use y esté anotado así es una reivindicación hacia ella más que al apellido Daract. Mi madre fue huérfana a muy temprana edad, no tenía siete años, y a mi abuelo, como la gente de aquella época, marcada por otras situaciones, no se le ocurrió mejor idea que ponerla en un convento de monjas. Fue de alguna manera despojada de los afectos familiares porque era la que estaba criándose dentro de un convento de monjas. Entonces eso llevó a que, en algún momento, por esas cosas que tiene la vida, yo soy Muñoz Daract y lo luzco con orgullo; no referenciando el apellido sino a mi madre.

—El apellido Muñoz también es de la zona de Argelia francesa, originalmente era Mugnos.
— Si, tiene que ver con los moros.

—¿Y cómo fue la infancia de “Totito” en ese San Luis?
—Siempre parto de una anécdota que tuve hace unos treinta años más o menos. Viajé con mi familia a Calafate y estaba orientado por otros amigos que me dijeron “si te llegás a topar con un taxista que le llaman “el Pajarito”, vas a ser privilegiado de conocer a un personaje”. Llegamos a Calafate con mi señora y mis hijos, y había una cola de taxis. Me acerco a uno de ellos y le digo “ando buscando un taxista que le dicen “el Pajarito”. El taxista me miró y me dijo “soy yo”. Ahí empezó la historia. Los cuatro días que estuvimos ahí él nos guió, nos llevó por todos lados. Era una época en la que uno no alquilaba un auto, sino que tenía un taxi que lo llevara.

—¿Qué pasó con el Pajarito?
—Entre la explicación del paisaje, más el relato de su vida, fue una experiencia maravillosa. Cuando concluyó, cuando ya nos llevaba el último día, en algún momento me miró y me dijo “todos los seres humanos merecemos un libro contando nuestra vida”. Me pareció fantástica esa reflexión, es única. Entonces, tomando esa referencia, dije “la vida de uno es como el libro que alguien dejó olvidado en el asiento de un parque”. Es decir, que el viento vuela, hojea sus páginas y va abriéndolas a lo que el viento indica y ahí podés encontrar el capítulo de tu niñez, el de tu adultez, pero también vas a encontrar la última página, que está vacía porque es un libro que uno nunca termina de escribir.

—¿Y qué hay en las primeras páginas?
—Tomando tu inquietud, busquemos en las primeras páginas y vas a encontrar un San Luis muy de calles de tierra, que allá son de arena. Nosotros vivíamos a cinco cuadras de la plaza principal, la Pringles, en la calle Constitución. Por mi casa pasaba el ganado que llevaban a la feria. Estamos hablando de hace 70 o 65, cuando yo era niño. Cada uno de esos eventos formaban como escenografías y después lo redescubrí en Texas, en donde reproducen esas situaciones de ganado transitando por las calles los días domingo para traer turismo. Eso pasaba en San Luis.

—Importa también la parte humana. Ese es el paisaje, está descripto. Yo quiero saber de tu padre por ejemplo, porque a través de tu memoria de él, voy a conocerte un poco más a vos.
—La memoria de mi padre es excepcional. Mi padre tuvo muy poca formación escolarizada, hizo la primaria nada más. Después tuvo que empezar a trabajar para ayudar a su familia y terminó siendo un comerciante reconocido de San Luis. Tenía un negocio de ramos generales, esa es la rama del comercio que más se asemeja a la vida porque tenés de todo.

—Y tu madre después de esa experiencia, criada por monjas, en el papel de madre, ¿cómo era?
—Se dedicó a la docencia. Fue profesora en una escuela de mujeres. Ella recordaba, por lo que le habían contado, que su madre fue artista plástica. Guardaba algunas cosas de ellas. Mi madre para mí fue una hacedora de mi vida, de mi futuro y mi realidad.

—A eso quería llegar. La persona de más influencia fue tu madre.
—Sí, en algunas cosas, sí, y en otras, mi padre.

—En la parte profesional, tu madre.
—En la parte profesional y de este apego hacia las cosas sensibles de la vida, mi madre. Ella fue la que me mandó a estudiar dibujo, con una profesora que era Gringa Poblet. Hablar de ella en San Luis era, y es, hablar de una prestigiosa artista plástica que además dictaba clases.

—¿Qué edad tenías?
—Yo tendría 5 o 6 años y mi madre me mandaba a que aprendiese a “sentir el olor del arte”, así decía ella. Y realmente el arte tiene olor, tiene aroma, paisajes y espacios. Yo me acuerdo que entraba a unas salas, salones o sería una cuestión gigantesca que yo la veía a partir de mi escala de niño. Muchas veces uno cree que las cosas son gigantes cuando las ve de niño. Entonces, yo entraba a salones gigantescos, en la casa de esta mujer, de piso de madera tirada, que eran como lonjas, y tenía cuatro caballetes en las puntas. En uno nos enseñaba carbonilla, en otro acuarela... era una cuestión mágica. Ir a estudiar a esa sala tenía un valor incalculable para mí, por el solo hecho de respirar ese aroma de arte.

—A partir de los sentidos nace el arte...
—Ahí uno entiende qué olor tiene la carbonilla, qué olor tiene la fruta de la composición de la naturaleza muerta que te ponían para que vos dibujaras. Y ahí viene todo. Me acuerdo con mucha calidad de los rayos de luz que entraban por ese estudio, que dibujaban “oblicualidades” en el espacio, que a mí me sorprendían. Entraban por las persianas a 40 y 50 grados y a mí me cautivaban. Eso sirvió para mi formación después.

—Y ahí empieza a nacer tal vez el arquitecto.
—Yo creo que sí. Después de dibujar y de empezar a tener esa capacitación en el dibujo, llamale cercano a lo que significa el arte, empieza toda una inquietud para expresarme a través del dibujo, era mi lenguaje. Después aparecen otros lenguajes, porque a mí me gusta escribir pero el lenguaje del dibujo fue mi primera herramienta de comunicación. Entonces, dibujar, dibujar, dibujar, dibujar, un día empecé a dibujar casas, un día empecé a jugar a las casitas como todos los niños y yo digo que estaba tan entretenido, que no me di cuenta que años después me recibí de arquitecto. Entre el estar haciendo espacio con cartones y tablas en el fondo de casa con mis otros dos hermanos, a convertirme en un hacedor de casas en la realidad fue como un proceso continuo de formación. No me di cuenta cuando me recibí, cuando hice mi primera casa y cuando llegué a ser profesional.

—Ese fue un cambio en lo humano importante, pasar de tener una familia a estar solo.
—Sí, muy importante y además muy enriquecedor porque el despegarse de los padres muchas veces es muy doloroso pero es muy formador. Te consolida como un tipo que te tenés que bancar solo. Y eso me pasó a mí. Yo llegué acá un primero de febrero de 1967 y el día dos empezaba el cursillo preuniversitario para estudiar arquitectura. Me sorprendió San Juan. Me maravilló la Avenida Rawson, que fue por donde entramos. Me maravillaron los árboles, realmente era mágico estar en una ciudad tan linda.

—Has visto que la memoria tiene por ahí alguna falla, pero le vamos dando las cosas más apetecibles, las que quedan. Yo recuerdo esa avenida con la parrillada Sportsman frente a Don Bosco, los camiones que hacían ruido, y largaban humo cuando pasaban y estábamos todos contentos.
—Cuando uno llega a un lugar que no conoce plantea la cosa de acuerdo a cómo su percepción del lugar le va indicando. Yo venía con mi madre y con Regino Domínguez, un hermano de vida que tuve, que ahora vive en México. Veníamos todo ese grupo a hacer el desembarco. Tomamos por Rawson y le metimos al norte, creyendo que esa avenida era el eje de entrada a la ciudad. Entonces nos imaginamos que la ciudad quedaba para el lado del norte, de Jáchal. Llegamos a Villa América y ahí nos orientaron que no, que para allá no era el centro, sino para el otro lado. Eso nos sirvió para recorrer estas diez, doce cuadras y quedar maravillados por su arboleda, su boulevard y por cómo se usaba. Y así llegamos a la ciudad de San Juan, un lugar para mí excesivamente caluroso. Venía con un solo compromiso, no fallarle a mis padres, más que otra cuestión interna de formación.

—¿Y en la universidad cómo te fue?
—Muy bien, gracias a Dios fui un buen alumno. Me sentí buen alumno siempre. Es decir, queda muy ego referencial hablar de estos temas. Me costaban las partes técnicas, las matemáticas, las físicas, pero como me costaba fueron las primeras materias que enfrenté y las aprobé. Y las estudié tanto, porque me costaban, que me saqué diez.

—Yo recuerdo ese San Juan, todavía era de baldíos, más viento Zonda, más tierra…
—Tengo una anécdota porque con los años me casé con una puntana y desembarcó justo una siesta con viento Zonda. Se sorprendía, no sabía dónde había aterrizado.

—El tema era que había mucha construcción por hacer. Se estaban haciendo casas, estaban terminando edificios, todavía no estaba la Catedral, un punto referencial del paisaje.
—Claro, el hotel Sussex. Ese hotel estaba recién hecho y transitar por la calle, no la Urquiza, que entonces era Victoria y el canal Victoria, que pasaba por ahí con todo el agua. Mi primera casa fue una habitación que alquilamos en calle Urquiza y 25 de Mayo. Ahí cerquita de la rotonda que hay en el Auditorio.

—Era zona de estudiantes, toda la 25 de Mayo era de estudiantes.
—Para ir a la universidad, a la facultad, pasábamos por la bodega Sacchi. El perfume al mosto era desconocido para mí. Entonces le escribía cartas a mi madre y le contaba que San Juan tenía aromas desconocidos. El aroma del mosto, nunca lo había sentido en mi vida. Para mí fue un aroma de bienvenida.

—Y ese joven Toto ¿practicaba algún deporte, tenía algún interés aparte del estudio?
—Sí. Así como en San Juan está el ciclismo y el hockey, en San Luis, no sé por qué, seguramente porque llegó algún profesor con esa inquietud, el deporte fuerte de allá era el softbol. Teníamos equipo, salíamos a competir al resto del país y en algún momento competimos en Paraná. Cada vez que se hacía un campeonato nacional surgía el seleccionado argentino y yo formé parte, en la época de estudiante en San Luis. Después vinimos a San Juan y lo primero que hicimos fue formar un equipo en el que estaba Regino, Chochi Vega, un grupo interesantísimo, inmediatamente hicimos el equipo de softbol de la universidad. Íbamos a competir en la liga de Mendoza, íbamos equipados en el colectivo. Cuando nos bajábamos en Media Agua a tomar un vaso de agua, nos veían con esa ropa que parecía que veníamos de un estadio de béisbol de Estados Unidos. Jugábamos en la cancha del Liceo General San Martín y de ahí volvíamos.

—Imagino que en aquella época descubrís las relaciones con las chicas.
—Sí. Eran otras épocas. Yo tengo que agradecer muchísimo a mis amigas y amigos sanjuaninos que me cobijaron como uno más. Nos invitaban a cumpleaños de quince, a los asaltos, no abriéndonos la puerta de su casa, abriendo su corazón y sus brazos para recibirnos. Nos llevaban a las fincas. Para mí fue descubrir un mundo absolutamente distinto al de mi vida en San Luis. Eso lo valoré muchísimo, esa cuestión que tiene el sanjuanino que es brindarse hacia quien llega de afuera, me encantó.

—Pero fuiste a buscar una esposa a San Luis. ¿Cómo es la historia?
—En realidad no la busqué, la dejé creciendo allá, porque cuando me vine a estudiar mi señora tenía 11 años.

—¿Y ya estabas flechado?
—No, no la conocía. Vivía enfrente de mi casa, un poquito más allá. Cuando iba visitar a mis padres, empecé a descubrir a una chica que me atraía muchísimo y que estaba creciendo. Cuando ella tenía 19 años nos casamos. Siempre me encanta contarlo, siempre digo “yo con mi mujer me casé de apuro”, pero no por una cuestión de un hijo que venía. Yo trabajaba con el arquitecto Carlos Díaz Cano y en un momento me dijo: “che, está el Congreso Mundial de Arquitectura en Madrid, ¿querés que vayamos?” Entonces le dije “me encantaría”. Y me dijo “casate y nos vamos los cuatro”. Él es el responsable de que me haya casado así. Entonces yo llego a San Luis, en una visita normal a la casa de mi novia, y le dije “Adriana, ¿qué te parece si nos casamos?”. Pero no estaba en el mi programa ni en el de ella. Como chicos jóvenes y con muchas ideas de vivir la plenitud de nuestra juventud me dijo “si, me parece fantástico que nos casemos”. Y nos casamos por un viaje que hicimos a Madrid.

—Ya llevan entonces casi cincuenta años juntos.
—Sí, yo hace cincuenta que vine a San Juan, hace cuarenta y cuatro años que nos casamos con Adriana.

—¿Cuántos hijos tuvieron?
—Dos hijos, Juan Facundo y María Julia. Son dos chicos fantásticos. Facundo es piloto de avión de Aerolíneas Argentinas y Julia trabaja en Aeropuertos 2000. Siempre les indiqué que tuvieran los pies sobre la tierra y parece que no me dieron piola, porque están en otro espacio.

—Toto, vos has visto, estudiado, analizado, cómo fue creciendo San Juan. Por ahí digo que tuvo mayor influencia de los ingenieros que de los arquitectos. Mucho hierro, mucha solidez pero por ahí nos faltó un poco de vuelo.
—Sí, es posible, tu análisis es correcto. Ahora, no le hecho a la culpa a los ingenieros. Creo que es muy difícil reflexionar sobre una ciudad urgente. Es decir, en su momento San Juan estaba devastada, caída en el suelo, y había que reconstruirla. Participaron arquitectos que dieron lineamientos muy válidos, participaron ingenieros y también fuerzas políticas que eran los que gobernaban en su momento, que hicieron lo suyo.

—Aparte de las presiones de los propietarios de los terrenos.
—Exactamente, fue un mix bastante conflictivo desde el punto de vista de la reconstrucción de los intereses. Unos tenían interés en que les reconstruyeran su casa, otros tenían interés en su terreno. A mi entender fue una puja de intereses.

—Yo me imagino lo que debe haber sido el debate para poner en línea las casas.
—Claro, lo positivo fue que desembarcó en San Juan gente muy valiosa, como Carmen Renard, una de las arquitectas que trabajó junto con el Flaco Pineda. Fue una serie de arquitectos que desembarcaron con ideas para la reconstrucción y que después nutrió la formación de la Escuela de Arquitectura. No solo se reconstruyó una ciudad sino que echaron las semillas para que acá en San Juan hubiese una Facultad de Arquitectura. Y eso es muy bueno porque no solo se reconstruye desde el punto de vista material sino de la formación para los sanjuaninos.

—Yo siempre pensé que el paisaje tiene mucho que ver con nuestro estado de ánimo. Un caso clave fue la Avenida de Circunvalación parquizada.
—Ese es un hecho fantástico que hay que ponderar siempre. Nosotros subimos nuestra vara de calidad de vida fuertemente cuando fue tratada la Avenida de Circunvalación. La forestación nos sirvió no solo para crear el mayor cordón verde de San Juan sino fundamentalmente para despojarnos de la agresión del espacio público. Antes de la forestación de la avenida, lo que hicimos fue agredirla en forma permanente, le tirábamos basura, animales muertos, era un deterioro ambiental extremo. Después cuando se hizo esta recuperación, realmente nos dimos cuenta de que habíamos estado desaprovechando ese lugar.

—Además de la Avenida, teníamos un monumento a la desidia, al San Juan que no pudo ser, que era ese Centro Cívico.
—En alguna entrevista que me hicieron en aquella época, previo a que se recuperarse esto, yo lo comparaba con los dinosaurios de Ischigualasto. Era como un esqueleto gigante, tirado ahí, con la misma simbología que un esqueleto de dinosaurio. Una cosa monstruosamente grande. Con la acción del gobierno, que es muy ponderable, se recuperó eso y toda la ciudad. Eso, como el teatro, yo me acuerdo cuando llegué existía la báscula. Donde está el Centro Cívico pasaba el tren, había vías, que vinculaban el tren San Martín con el Belgrano. Y ahí, donde está el Monumento a los Héroes de Malvinas estaba la báscula. Hablamos de un San Juan que se transformó para bien, asombrosamente.

—Tener un Museo de Bellas Artes como el que tenemos no lo tienen todas las provincias, un auditorio. Son cosas que hablan de otro San Juan.
—Todas estas cosas que estamos charlando, qué es lo que pienso de San Juan, repercutieron en mi, en lo personal, como para decir “mi compromiso formativo de arquitecto tengo que volcarlo a San Juan”. San Juan me dio mi formación.

—La vida del arquitecto es una lucha entre los conceptos que trae el profesional y el que encarga la obra, que no siempre se resuelve fácilmente.
—Sí, yo he tenido la bendición de Dios de llevarme muy bien con mis clientes, salvo las excepciones que siempre existen, pero generalmente hemos terminado siendo amigos. Eso es el resultado que supimos interpretar, yo a ellos como profesional y ellos a mi pensamiento profesional como propietarios. Fue una cuestión muy rica y agradezco que se haya producido de esa forma.

—Recién agradeciste a Dios, ¿sos religioso?
—Sí.

—¿Practicante?
—No. Lo mío es medio raro pero yo tengo contacto directo con Dios, no necesito de la Iglesia.

—¿Cómo te imaginás eso? ¿A quién podés llamarle Dios o como sea? ¿Creés que hay algo superior que rige todo?
—Sí, sin duda. Yo veo a Dios como una cosa despegada de la representación, materialidad y codificación humana. Tan superior que no necesito ni de cura ni de obispo ni de Papa.

—¿Qué libro, qué cosas influyeron en tu vida?
—Mi libro es el de las obras completas del “Chiquito” Escudero, con un idioma bien sanjuanino, y una poesía y un relato tan descriptivo y profundo que digo “mi arquitectura tiene que ver con esto”. Mi arquitectura no tiene que ver con los manuales de los arquitectos sino con la poesía del “Chiquito” o de Antonio Esteban Agüero.

—Un gran poeta puntano. ¿Qué otras cosas te apasionan aparte del trabajo?
—Todo lo que sea la naturaleza. Soy un amante de la naturaleza, profundamente. Disfruto los atardeceres, la vibración de un árbol, el canto de un pájaro. Tengo la bendición de vivir en Zonda y eso es reconocer cuál es la esencia de la vida, que muchas veces no pasa por cosas materiales, sino por canales espirituales y de percepciones. Es maravilloso percibir cómo es la vida, la vida de un pájaro, de un animal o de una planta. Eso es fantástico. A través de esa percepción de cómo es la vida en estos seres, vos respetás tu propia vida. Decís “yo soy parte de este sistema” y como parte, alguien que está conmigo tiene que percibir que estoy armónico con todo este contexto. Estar armónico hace que uno se tranquilice espiritualmente porque realmente son temas muy profundos. Son pensamientos muy profundos pero son los ladrillos con los que uno forma la felicidad cotidiana.

—¿Te gusta viajar?
—Me encanta. Soy un eterno viajero. Cuando no estoy viajando físicamente estoy viajando mentalmente.

—¿Podés viajar mentalmente?
—Sí, gracias a Dios sí.

—¿Y esas percepciones tuyas son en base a una sensibilidad o podés percibir cosas de personas?
—Absolutamente. Gracias a Dios pertenezco al mundo de los sensibles, me enorgullezco y agradezco a Dios por ello. ¿Por qué? Porque percibo rápidamente con quién estoy hablando. Percibo cuál es la limpieza o turbiedad de su pensamiento. Eso me permite tener un diálogo muy franco con los seres humanos. Yo sé dónde están mis amigos y eso es maravilloso.

—¿Te gusta el cine?
—No, me inclino por la lectura. Cuando voy al cine me pasa casi una deformación profesional. En vez de seguir la trama sigo la espacialidad. Me gusta ver los paneos de la cámara y voy descubriendo los espacios. Y soy tan, tan curioso de descubrir los espacios cinematográficos, que pierdo la atención de la trama.

—Vivís mucho interiormente
—Sí, gracias a Dios sí.

—Toto, si tuviéramos que terminar esto con una canción, porque me imagino que la música en tu sensibilidad también entra, ¿qué canción elegirías para terminar esto?
—Hay tantas… la pienso y me emociono. Eso es todo, la pienso. (Toto termina la entrevista llorando. Luego nos dice que su canción es Provincia de San Luis y que se emociona con solo nombrarla porque es la que eligieron con su esposa para despedir a quien parta primero).


Cómo lo vi

Héctor Muñoz Daract fue entrevistado por Juan Carlos Bataller en agosto de 2018 para el ciclo Qué hiciste con tu vida.
Aunque haya nacido en San Luis y tenga un apellido patricio para quienes vivimos en este lugar del mundo, es un sanjuanino más. Y basta decir Toto para saber que hablamos de Héctor Muñoz Daract.
Pero hablemos del hombre y su obra. Hay profesiones que se ejercen con protocolos, con guías, con especies de barandas que marcan el camino.
Otras, están más identificadas con lo que llamamos vocación y aceptan ciertas libertades.
La arquitectura es uno de esos muchos trabajos y profesiones para los que naturalmente hay que estar predispuesto y en los que es más fácil identificar la “llamada” o “vocación” desde relativamente pronto.
Pero si nos quedáramos ahí estaríamos hablando de profesionales adocenados con mayor o menor creatividad.
Con los grandes cambios tecnológicos y el acelerado proceso de globalización estamos ante nuevos paradigmas laborales y ya nada será igual para la profesión. Las viejas reglas del juego ya no sirven.
No servían incluso antes de este acelerado proceso, pero la mayoría de los profesionales parecía no darse cuenta y seguían repitiéndose en sus conceptos.
Y es acá donde se agranda la figura de Muñoz Daract. Toto le agrega a su profesión otros conceptos que vienen desde su cuna, desde lo social, desde lo político, desde la historia misma de la humanidad. Se planta ante cada obra como lo hace el artista con su pincel ante una tela virgen. Y a partir de ese momento él es el pincel, el lienzo y la obra. Y eso se advierte no sólo cuando proyecta una vivienda, un complejo turístico, un espacio público sino también cuando se enfrasca en una charla, cuando prepara una comida o cuando elige un lugar donde vivir.
El resultado es una marca registrada: el arquitecto Muñoz Daract. El Toto.

JCB

El perfil psicografológico
Por: Elizabeth Martínez Grafoanalista


Texto manuscrito de Héctor Muñoz Daract, del que Elizabety Martínez realizó el perfil psicografológico del entrevistado.
»» Escritura con rasgos que manifiestan un pensamiento ordenado y claro. Su sentido de la orientación en el espacio y tiempo, es correcto. Tipo de pensamiento libre y creativo, no quedaría fijado a las reglas que se deben observar y guardar; no se dejaría esclavizar por ellas.
»» Se observa una correcta distancia emocional con las situaciones de su pasado, iniciativa y sociabilidad.
»» Puede haber tendencia al coleccionismo.
»» Se presenta claridad de ideas, lucidez de pensamiento.
»» Se encuentran rasgos indicadores de detallismo, concentración, buena capacidad de crítica y observación.
»» La letra desligada (imprenta), posiblemente indica la aparición de inhibiciones. Se observa actitud de control, prudencia defensiva, cautela o prevención reflexiva de la persona en los momentos de contactar con un objeto externo.
»» La inclinación de la letra va hacia la izquierda, revelando autodominio, reflexión y prudencia. Capacidad de concentración derivada de sus capacidades más introvertidas.
»» Se presenta control del humor, muestra de calma, equilibrio. Enfrenta los obstáculos y dificultades de manera resuelta y los intentaría resolver sin forzar las situaciones. Carácter acomodaticio, habilidad para no chocar con susceptibilidades ajenas.



En esta foto, Héctor Muñoz Daract con nueve meses junto a su madre
La familia Muñoz Daract en 1967. Nito, Rosita, Negucha, Domingo y Toto
Héctor Toto Muñoz Daract. Año 1962. Años de softball.
Héctor Toto Muñoz Daract, con Adriana Correa, disfrutando de la vida en Marruecos, año 2017.
“Obras son amores” Héctor Muñoz Daract junto a dos obreros
Héctor Muñoz Daract , de trekking familiar, en El Palque, Zonda
2013. Vivir en el campo; Hector Toto Muñoz Daract, en su casa de Zonda
La nota fue publicada en La Pericana, el viernes 16 de noviembre de 2018. En la edición Nº 134



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